Hoy, domingo, toca reflexionar de manera filosófica sobre un concepto tan
grande como incómodo: la verdad.
En muchas ocasiones nos hemos preguntado: ¿cómo es posible que haya gente
que no se dé cuenta de que le están engañando? Se le demuestra todo con pruebas
irrefutables y, aun así, parece que el asunto no va con ellos.
En ocasiones, el aislamiento en «células cerradas» o el cierre mental a
versiones alternativas se ha usado como excusa para no atender a quienes
presentamos la verdad como algo que se puede demostrar fehacientemente.
Pero no hay falta de información. No hay cabezas cerradas. No hay
sectarismo (hablamos en general). No vivimos en un mundo de color de rosa. Nada
de eso existe realmente. La verdadera razón por la que ese fenómeno de cerrarse
a la verdad parece extenderse no tiene que ver con nada de lo anterior.
No se cree a los «vende burras» porque sean mejores comerciales. No nos
escudamos en el inmovilismo por ninguna de las razones que hemos mencionado. La
verdadera causa de este fenómeno en nuestra sociedad tiene que ver,
sencillamente, con nuestra capacidad de raciocinio... y con nuestro miedo.
¿Estamos preparados para la verdad
incómoda?
Los indicios parecen llevarnos por ese camino, y el miedo también hace su
labor. Tanto es así que ya no existe intercambio de ideas, no hay debate: no lo
necesitan quienes manejan el cotarro. Ven que el miedo nos impide querer
prepararnos para la verdad, no solo para aceptarla como un nuevo dogma, sino
para entenderla de verdad. En algunos textos filosóficos se dice que la causa
es la cobardía. Simplemente, cobardía.
Verdad incómoda o mentira cómoda
Sabemos que la valentía no es la ausencia de miedo, sino la capacidad de
dominarlo. La verdad incómoda —dada la rareza con la que se acepta entre los
humanos— es cosa de valientes. La mentira cómoda es, por desgracia, demasiado
habitual y, presumiblemente, cosa de cobardes.
¿Y tú? ¿Qué prefieres?
P.D.
El libre albedrío tiene estas cosas: una vez que conocemos los
mecanismos, es difícil abstraerse. Y esa verdad, aunque se niegue de cara al
exterior, sigue martilleando por dentro de manera constante y permanente, hasta
que la aplicamos... o encontramos otra excusa para obviarla.