Llamar perro a alguien, hay veces, puede ser hasta un elogio… «ese
tipo es perro viejo»… aunque también se usa el término para llamar a alguien
«flojo» y, cómo no, también se usa para calificar a alguien de despreciable,
ruin, desleal o que obra con maldad y poca ética. Elogio o insulto, según quién
lo lleve puesto y según a quién muerda. Usado también en femenino, abundaríamos
en otros términos que no son de interés para este texto. ¿O sí?
Nosotros lo vamos a usar en este texto, y no por capricho: porque
es la palabra que mejor describe a quien, teniendo dueño, ladra hacia dentro y
calla hacia fuera. Dejamos a vuestro albur la aplicación de algunas de las
acepciones indicadas. Nosotros ya tenemos la nuestra clara.
Veréis, y vamos por partes: el perro o la perra que se salta un
mandato de prevención para beneficiar a alguna organización, o para perjudicar
a la promotora de los
vinilos en el tranvía, es sencillamente de corte fascistoide. No es un
desliz, no es un despiste: es la seguridad de los trabajadores puesta al
servicio de un interés ajeno, y eso tiene nombre. La aplicación de cualquier acepción del término, como hemos dicho, os
la dejamos a vuestro libre albedrío.
También podríamos decir que el perro o la perra que ha consentido
—¿otra vez los Ivecos con trato de favor?— que
los nuevos Ivecos circulen sin revisar el cumplimiento de las medidas
preventivas decididas en materia de la mampara, permitiendo su apertura sin
que el autobús esté parado, es sencillamente deleznable. Deleznable y cómodo:
mientras nadie se accidente, que ruede el autobús y que ruede la cabeza de otro
si algo pasa. La aplicación de cualquier
acepción del término, como hemos dicho, os la dejamos a vuestro libre albedrío
El perro o la perra que ha decidido que a los conductores no se
les dé formación sobre los vehículos nuevos,
dejando la misma a un PDF que tengas que leerte en tu tiempo libre —de tu
bolsillo y de tu tiempo, que la empresa no regala ni el wifi, por lo que no tenéis
obligación de realizar tareas para las que no
os han formado—, contrasta con los cursos presenciales que sí reciben los
administrativos cuando Word cambia de interfaz, o los mecánicos cuando cambia
un modelo de pinza de freno. La formación se dosifica según a quién le toque el
volante, no según el riesgo. Ese mismo perro o perra es quien te dice que
enchufes los Karsan saltándose las mínimas reglas en materia preventiva, de lo
que tendrá que dar cuenta —algún día, esperamos que pronto— ante la Inspección
de Trabajo. La aplicación de cualquier acepción
del término, como hemos dicho, os la dejamos a vuestro libre albedrío
El
perro o la perra que oculta datos a los delegados de Prevención en materia de
agresiones, no comunicándolo a través de Saetip, ya riza el rizo. Ocultar
una agresión no es un olvido administrativo: es borrar del mapa a quien la
sufrió para que no exista en ninguna estadística que incomode. Personajes y
«personajas», todos ellos enchufados, porque no hay ni uno ni una que haya
accedido a su plaza —porque a estos no les ponen eso de «vacantes»— sin ponerse
antes las correspondientes rodilleras. La
aplicación de cualquier acepción del término, como hemos dicho, os la dejamos a
vuestro libre albedrío
Del perro o la perra que ha dejado sin servicio, sin
acceso al centro de salud, al barrio de San Jerónimo, porque le falta lo
mínimo que hay que tener para exigir que las empresas privadas hagan su trabajo
coordinándolo con la prestación del servicio —y en cambio deja que estas le
digan a Tussam que se busque la vida—, y del perro o la perra que va a ver las
alternativas y dice que los autobuses no caben, ya es de traca: de una
inteligencia y una capacidad sobrenaturales, de rodillera cum laude. A un
barrio entero sin bus para ir al médico, y la excusa es que «no caben». No
caben las excusas, eso es lo que no cabe. La
aplicación de cualquier acepción del término, como hemos dicho, os la dejamos a
vuestro libre albedrío
El alfa de la manada de perros, mientras tanto, remojándose el
culo —como ya dijimos— en las aguas del Mediterráneo, vegetando, viviendo de
las rentas y dejando el mando a los perros y perras cachorros, todos del camaleónico
puño y la rosa, colocados por el anterior alfa de la manada y por lo que se ve,
protegidos extrañamente por los de la gaviota. La manada cambia de careta, pero
el collar y la correa son siempre los mismos, y el amo también. La aplicación de cualquier acepción del
término, como hemos dicho, os la dejamos a vuestro libre albedrío
Para terminar y sin ánimo de acritud alguna —pues desconocemos qué
hacen el resto de sindicatos—, vosotros veréis si la acepción del término es
susceptible de aplicarse en este último caso, también os la dejamos a vuestro
libre albedrío. Nosotros, mientras tanto, seguiremos llamando a las cosas —y a
los perros— por su nombre.
Nota: esta publicación no pretende insultar a nadie. El uso del
término «perro» o «perra» a lo largo de este texto es solo un recurso retórico
para transmitir el grado de indignación que nos producen los hechos relatados.
Si alguno de los aludidos se siente incómodo con la expresión, que sepa que esa
es, en parte, la intención: que sienta, aunque sea de forma pasajera, una
indignación parecida a la que sentiríamos nosotros si se nos tratara como
incultos, como si no fuéramos capaces de entender lo que ocurre a nuestro
alrededor.