martes, 18 de agosto de 2026

DE PERROS, PERRAS Y RODILLERAS

Llamar perro a alguien, hay veces, puede ser hasta un elogio… «ese tipo es perro viejo»… aunque también se usa el término para llamar a alguien «flojo» y, cómo no, también se usa para calificar a alguien de despreciable, ruin, desleal o que obra con maldad y poca ética. Elogio o insulto, según quién lo lleve puesto y según a quién muerda. Usado también en femenino, abundaríamos en otros términos que no son de interés para este texto. ¿O sí?

Nosotros lo vamos a usar en este texto, y no por capricho: porque es la palabra que mejor describe a quien, teniendo dueño, ladra hacia dentro y calla hacia fuera. Dejamos a vuestro albur la aplicación de algunas de las acepciones indicadas. Nosotros ya tenemos la nuestra clara.

Veréis, y vamos por partes: el perro o la perra que se salta un mandato de prevención para beneficiar a alguna organización, o para perjudicar a la promotora de los vinilos en el tranvía, es sencillamente de corte fascistoide. No es un desliz, no es un despiste: es la seguridad de los trabajadores puesta al servicio de un interés ajeno, y eso tiene nombre. La aplicación de cualquier acepción del término, como hemos dicho, os la dejamos a vuestro libre albedrío.

También podríamos decir que el perro o la perra que ha consentido —¿otra vez los Ivecos con trato de favor?— que los nuevos Ivecos circulen sin revisar el cumplimiento de las medidas preventivas decididas en materia de la mampara, permitiendo su apertura sin que el autobús esté parado, es sencillamente deleznable. Deleznable y cómodo: mientras nadie se accidente, que ruede el autobús y que ruede la cabeza de otro si algo pasa. La aplicación de cualquier acepción del término, como hemos dicho, os la dejamos a vuestro libre albedrío

El perro o la perra que ha decidido que a los conductores no se les dé formación sobre los vehículos nuevos, dejando la misma a un PDF que tengas que leerte en tu tiempo libre —de tu bolsillo y de tu tiempo, que la empresa no regala ni el wifi, por lo que no tenéis obligación de realizar tareas para las que no os han formado—, contrasta con los cursos presenciales que sí reciben los administrativos cuando Word cambia de interfaz, o los mecánicos cuando cambia un modelo de pinza de freno. La formación se dosifica según a quién le toque el volante, no según el riesgo. Ese mismo perro o perra es quien te dice que enchufes los Karsan saltándose las mínimas reglas en materia preventiva, de lo que tendrá que dar cuenta —algún día, esperamos que pronto— ante la Inspección de Trabajo. La aplicación de cualquier acepción del término, como hemos dicho, os la dejamos a vuestro libre albedrío

El perro o la perra que oculta datos a los delegados de Prevención en materia de agresiones, no comunicándolo a través de Saetip, ya riza el rizo. Ocultar una agresión no es un olvido administrativo: es borrar del mapa a quien la sufrió para que no exista en ninguna estadística que incomode. Personajes y «personajas», todos ellos enchufados, porque no hay ni uno ni una que haya accedido a su plaza —porque a estos no les ponen eso de «vacantes»— sin ponerse antes las correspondientes rodilleras. La aplicación de cualquier acepción del término, como hemos dicho, os la dejamos a vuestro libre albedrío

Del perro o la perra que ha dejado sin servicio, sin acceso al centro de salud, al barrio de San Jerónimo, porque le falta lo mínimo que hay que tener para exigir que las empresas privadas hagan su trabajo coordinándolo con la prestación del servicio —y en cambio deja que estas le digan a Tussam que se busque la vida—, y del perro o la perra que va a ver las alternativas y dice que los autobuses no caben, ya es de traca: de una inteligencia y una capacidad sobrenaturales, de rodillera cum laude. A un barrio entero sin bus para ir al médico, y la excusa es que «no caben». No caben las excusas, eso es lo que no cabe. La aplicación de cualquier acepción del término, como hemos dicho, os la dejamos a vuestro libre albedrío

El alfa de la manada de perros, mientras tanto, remojándose el culo —como ya dijimos— en las aguas del Mediterráneo, vegetando, viviendo de las rentas y dejando el mando a los perros y perras cachorros, todos del camaleónico puño y la rosa, colocados por el anterior alfa de la manada y por lo que se ve, protegidos extrañamente por los de la gaviota. La manada cambia de careta, pero el collar y la correa son siempre los mismos, y el amo también. La aplicación de cualquier acepción del término, como hemos dicho, os la dejamos a vuestro libre albedrío

Para terminar y sin ánimo de acritud alguna —pues desconocemos qué hacen el resto de sindicatos—, vosotros veréis si la acepción del término es susceptible de aplicarse en este último caso, también os la dejamos a vuestro libre albedrío. Nosotros, mientras tanto, seguiremos llamando a las cosas —y a los perros— por su nombre.

Nota: esta publicación  no pretende insultar a nadie. El uso del término «perro» o «perra» a lo largo de este texto es solo un recurso retórico para transmitir el grado de indignación que nos producen los hechos relatados. Si alguno de los aludidos se siente incómodo con la expresión, que sepa que esa es, en parte, la intención: que sienta, aunque sea de forma pasajera, una indignación parecida a la que sentiríamos nosotros si se nos tratara como incultos, como si no fuéramos capaces de entender lo que ocurre a nuestro alrededor.