Dice la canción que la distancia hace el olvido. Aquí no ha hecho falta ni la distancia: con el paso de una tarde de bochorno ya se nos ha olvidado hasta lo que juramos no olvidar jamás. Aquello que algunos maquillaron de "guerra civil" en la empresa duró, en realidad, menos que una candela de papeles un día de viento: prende, hace ruido, y se disuelve en el aire en menos de un periquete, sin dejar ni ceniza que incomode a nadie.
Tenemos memoria de pez,
sí. Pero que nadie se confunda: no es un rasgo genético de la plantilla actual,
por mucho que algunos veteranos —esos que llevan tiempo buscando la salida
digna sin encontrarla— se empeñen en repetirlo para justificar su propio
borrado de la pomada. El olvido selectivo lleva aquí décadas de rodaje, y ya lo
vivimos, clavadito, en etapas anteriores. Refresquemos la memoria, que para eso
están los archivos y no las excusas.
Empecemos por la Expo: un
convenio firmado a la baja y con las prisas de quien tiene un tren que coger,
mientras los negociadores de otras empresas municipales —esos a los que sí se
les permitió sentarse a negociar en serio— doblaban las cantidades conseguidas
aquí. El curro más grande de la historia de Tussam, rematado a precio de
saldo... y firmado, cómo no, con el respaldo entusiasta de ese sindicato que
opera mejor entre bambalinas que en la mesa, prestando desde las sombras sus
servicios preferentes a la empresa. Aquí lo llamamos, con cariño, "el del
coloraó": el que nunca da la cara pero siempre encuentra la manera de
aliarse con otros para que la empresa salga ganando.
¿Y el PEL? Ah, el PEL. Un
pacto de eficacia limitada, solo para afiliados y voluntarios, cocinado a toda
prisa justo después de que la plantilla, en referéndum, dijera NO a la propuesta de convenio. Lástima
que en el minuto uno, casi toda la plantilla corrió a adherirse
voluntariamente, como cachorros a la primera llamada del poderoso caballero ¡!!menos
da una piedra!! Que pensarían, porque eso de pensar que con un plantón se meterían
el PEL por el orto, eso ya es mucha rebeldía y dignidad. En el minuto noventa,
solo unos pocos seguíamos plantados, negándonos a tragar aquel atraco a la
democracia con nocturnidad y alevosía. Que quede escrito: hubo quien no se arrodilló ni vendió su dignidad por 30 miserables euros (5.000 Pts de las de
entonces)
Después llegó el
sangrante convenio de las 7 horas, un titular precioso para quien venía de
jornadas de hasta 8:32 —qué generosidad, qué avance histórico, se aplaudían
solos—, pero que en la letra pequeña, en esa "B" que nadie leyó en
voz alta, se escondía la reducción de
22 servicios diarios. Hacer el mismo trabajo con menos gente,
disfrazado de conquista social: toda una estafa vestida de traje de postín.
Hicieron falta unos paros parciales de ASC para dar al traste con el invento y,
de paso, con la ocurrencia paralela de sustituir las mamparas por cámaras. Que
cada cual imagine ese futuro alternativo: la pandemia, el Covid, y nosotros sin
mamparas porque a alguien le pareció más barato vigilarnos que protegernos.
También aquí, como con el PEL, unos cuantos aguantamos el pulso y obligamos a
la marcha atrás. De nada.
Y ya que estamos
desempolvando el álbum familiar: ¿a nadie le suena la etapa 2004-2016? La más
convulsa de la historia de Tussam, sí, pero también la más prolífica: un 80% de
cumplimiento de los compromisos adquiridos en las elecciones sindicales.
Compárese con el 10% —cuando llega— de la etapa que la sustituyó, adornada
además con campañas que ni se molestan en presentar proyecto sindical alguno,
más allá de dedicarse a criticar y desprestigiar a quienes sí tomaron la
iniciativa. Cómodo, el discurso de quien no arriesga nada y solo sabe apuntar
con el dedo a quien sí lo hizo.
Cerremos el álbum con los
acuerdos de Feria a la baja, firmados por otros, y que se llevaron por delante
subidas salariales ya pactadas con nosotros anteriormente en convenio; con los
24 fines de semana convertidos en un "ya veremos" que, en la
práctica, te quita dos fines de descanso al año sin que nadie lo anuncie por
megafonía; y, sobre todo, con el año pasado, cuando la presión por las
agresiones se convirtió en una “obligada” manifestación frente al Parlamento el
único día en que en el edificio solo quedaba... la persona que limpia los
baños. De las agresiones ya no se acuerda nadie. Y del asunto de agentes de la
autoridad, que se dejó apuntado en 2016 solo para empujarlo lo justo y dejarlo
morir de inanición, incluso cuando parecía que iba a resucitar, mejor ni
hablamos: silencio de cementerio.
Todo continúa, la vida
sigue, aquí no pasa nada. Lo único que nunca se olvida es la matraca de que
"todos somos iguales", cuando es evidente que no lo somos: es la
coartada perfecta de quien ha decidido mirar para otro lado, votar al verdugo o
hacer demagogia barata para lavarse la conciencia. Mala suerte: la conciencia
no se lava con eslóganes, porque para bien o para mal eres tú quien decide su
futuro con tu voto.
Y el bosque votó al
hacha, porque, aunque la veía trabajar día tras día, decidió que era de los
suyos: total, tenía el mango de madera. Lógico, tratándose de seres vegetales.
La pregunta, compañeros, es; ¿de qué madera estamos hechos nosotros si se ha
demostrado que cuando les apretamos se mueven?...tenga…a ustedes!!